El 27 de octubre es una de esas fechas célebres para todos los hinchas aurinegros. No sólo porque ese mismo día del año 2002, El Nacional conseguía su último título de primera división, sino también por la manera en que se logró.
Hoy se cumplen exactamente 7 años de aquella tarde - noche en el estadio Bottino, cuando el Decano le ganaba por penales a Independencia, después de una épica remontada, en tiempo suplementario, para empatar el partido 3 a 3.
Independencia había ganado el Apertura, el Decano se tomó revancha e hizo suyo el Clausura. Por eso, los dos máximos exponentes definían para ver quién era el mejor del año.
La primera final fue en Chaves y el triunfo fue para el Ventarrón. Siete días después el equipo de Serra se quedaba con el segundo chico en el Catale. Solo restaba la finalísima.
Y fue ese 27 de octubre de 2002 en la cancha de Huracán. La gente del Decano rebalsó el Bottino (como muy pocas parcialidades del fútbol local) y no paró de alentar durante los 120 minutos.
Estaban los hinchas que peinaban canas y habían vivido la época dorada del aurinegro. Estaban los que habían conocidos las mieles del triunfo en los campeonatos del 86 y 88, pero también estaban esos pibes nunca habían visto al Decano campeón.
Después de un arranque parejo, El Nacional se puso en ventaja tras un soberbio tiro libre de Sandro Vega, anticipando lo que iba a hacer su noche consagratoria. Lo empató Di Rocco para el Rojinegro y así se fueron los 90 minutos. Quedaban otros 30 a suerte y verdad y a seguir con el sufrimiento.
Los chavenses desnivelaron y ampliaron la diferencia 3 a 1, por intermedio de Marcelo Auzmendi. Faltaban 5 minutos y parecía todo terminado.
Sin embargo, afloró la mística aurinegra. El Toro Vega descontó y le puso suspenso a la definición. De todas maneras, el tiempo era muy poco y las esperanzas se esfumaban, hasta que apareció nuevamente el goleador juarense para poner el 3 a 3 y desatar un auténtico carnaval en las tribunas aurinegras.
Unos saltaban, otros lloraban, todos se abrazaban. Era fiesta adentro y afuera de la cancha. Incluso pocos vieron que a Marcos Moreno se le escapó, por muy poco, la posibilidad de poner el 4 a 3 porque todavía seguían delirando de alegría.
Faltaban los penales, pero muchos, al borde de las lágrimas o secándoselas, decían que “esto ya es heroico”. Comenzó la serie y el delantero del Ventarrón, Del Río, desvió su remate. Luego Vallejos, Vega, Bellocchi y Moreno marcaron para El Nacional, al igual que los restantes 4 ejecutantes de Independencia.
Faltaba un solo penal, el quinto, el que definía las cosas, el de Granero. El Decano estaba a un tiro de la gloria. Y fue Pablo, con mucha tranquilidad acomodó la pelota, lo miró al árbitro Tortorella, esperó la orden y fue hacia el triunfo. Llegó, acarició la pelota con su zurda, la puso lejos del arquero chavense Bocco y comenzó la alocada carrera de la victoria. Sus compañeros fueron en busca de él.
En las tribunas, aquellos “veteranos” se abrazaban y lloraban junto a los más chicos, todos saltaban, gritaban y agitaban todo aquello que tenían a mano. El campo de juego y los tablones no se distinguían porque en el Bottino era un solo festejo de color amarillo y negro.
No era para menos… el DECANO GRITABA CAMPEÓN en Primera después de 14 años, sumando así su estrella número 10.
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